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Hasta hoy los
expertos culinarios sólo reparaban en el vino, el café o
el aceite. Pues bien, la periodista Marta Robles es toda
una autoridad en caramelos. Podría escribir el 'Tratado
del chicle' o recitar de memoria todas las marcas de
gominolas. Es una adicta incapaz de vivir sin ositos de
goma.
La periodista Marta Robles (Madrid, 1963) ha repartido su
carrera entre la radio y la
televisión. Espacios como 'A vivir que son dos días',
en la Cadena SER; 'A toda página', en Antena 3
Televisión y, últimamente, en 'A toda radio', de
Onda Cero, contaron con su sello personal. Acude a la
entrevista radiante, sonriente y con un chicle en la boca,
un detalle éste que anticipa una afición tan intensa que
convierte la pasión en vicio. Marta Robles es la mujer
golosina.
El universo golosina es vasto y, por desgracia para usted,
inalcanzable. ¿Cuáles son sus preferencias?
Dentro de lo que
se conoce como chucherías, lo que más me gustan son las
gominolas: corazones, manzanas verdes o platanitos. Pero mi
preferencia son los ositos de goma, un auténtico vicio
vital. Tanto, que incluso me compro bolsas de dos kilos
para escribir.
Oiga, ¿y a cómo están los sacos de ositos?
Depende. Hay muchas marcas. Yo los compro en una
tienda que los vende a granel, y cuestan 500 pesetas;
son especiales, están hechos con más calidad. Dos kilos dan
para un rato, pero no creas que para mucho.
En este vicio, más que en ningún otro, el sentido de la
vista juega un papel decisivo. ¿Si no tienen forma de
osito, no valen?
Bueno, me gustan todas las gominolas, pero prefiero los
ositos de goma. Aunque también me gustan mucho los de
regaliz rojo o negro. ¿Por qué? Simplemente, estoy
acostumbrada a ellos o, a lo mejor, tiene que ver con
comerme la cabeza y las patas del oso (risas). No tengo ni
idea.
Hablando de comprar con la vista, existe una diferencia
entre las frías máquinas expendedoras y las tiendas
especializadas, en las que se compra a puñados.
Es que a mí las bolsas empaquetadas me gustan mucho menos;
si no tengo más remedio, las compro aunque salgan más
caras. A mí me hicieron muy feliz esas tiendas de caramelos
variados en las que coges lo que quieres. Me gustan mucho
los colmados, es decir, los quioscos. Pero prefiero la
palabra colmado, que es ese quiosco en el que todo se
desborda: el regaliz que se cae, un dedo de gominola, el
chupete... Cuanto más porquería parece, mejor. Siempre me
han gustado esos colmados y los sitios con un viejito
vendiendo, pero a mi madre no le gustaban nada, decía que
lo tocaba todo el mundo.
Repasemos otras golosinas tradicionales. El chicle tiene
toda una genealogía; con centro líquido, con centro de
polvo ácido, de bola, de figura, especial bomba...
Los de centro líquido son unos nuevos que se llaman Boomer,
una fiebre como los chicles sin azúcar que ahora fabrican
todas las marcas. Pero a mí me gustaban los Bazooka. De pequeña iba a un
colegio de monjas, donde no nos dejaban comerlos; cuando te
pillaban, te obligaban a meterte cinco chicles Bazooka en
la boca y masticarlos. Intentabas hablar, y sonaba así como
'blagblasbaf. En aquella época, la mascota del chicle era
un chico con una gorra y, para cambiarla, hicieron un
concurso; al ganador le regalaban un caballo. Yo, que era
apasionada de los caballos, mandé unos dibujos y quedé en
tercer lugar.
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