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Si
tuviera que destacar algún programa en el que haya
disfrutado especialmente, subrayo, sin duda Verano en
El Escorial. En este programa, además, aparece el
recuerdo de una persona fundamental en mi vida profesional
y que también fue un gran amigo:
Ricardo Medina, el artífice en su día de
Madrid Directo
–formato americano que se pasó bastante tiempo en un cajón
hasta que consiguió convencer al entonces director de
informativos, que creo recordar que era Eduardo Alonso,
para ponerlo en marcha–
y actual director de España
Directo.
Fue en
ese programa cuando utilicé, por primera vez, el famoso
"pinganillo", un
pequeño transmisor de oído a través del cual el
presentador recibe órdenes, el tiempo disponible, etc. Y
debo reconocer que nadie que haya conocido utiliza mejor
el pinganillo que Ricardo Medina. Tenerle detrás
mientras se hace una entrevista es como tener un contrato
blindado: Proporciona absoluta seguridad, porque se lo
sabe todo y no molesta más que cuando es totalmente
imprescindible y sólo para enriquecer la entrevista y
hacer que quede mejor el entrevistador. Además, Ricardo es
de esas personas que maneja la televisión, medios técnicos
incluidos, como nadie; por eso, su trayectoria y recorrido
profesionales son tan impactantes.
En la
primera temporada, la anécdota de más peso fue aquella que
me enfrentó a un Cela
que, por entonces, parecía pensar demasiado en el dinero;
tanto que se levantó en medio de una entrevista más que
tensa, que no le quedaba más remedio que hacer –los cursos
de verano estaban patrocinados por el BBVA, que a su vez
era nuestro esponsor; y además, estaban dedicados a Cela–
porque se incluyeron 40 segundos de publicidad. Conseguí
salir airosa de aquel lance gracias a que, antes que Cela,
se habían sentado en la misma silla que él ocupó, unos
ochenta y cinco personajes de la
más alta talla: Desde el Coronel General del
Ejército Rojo hasta el jefe de transmisiones de la Plaza
de Tiannamen, pasando por Julio María Sanguinetti,
Balduino de Bélgica, Torrente Ballester, José Luis
Aranguren, Desmond Tutú o María Kodama…Si no, creo que, en
aquel encontronazo, me hubiese puesto a llorar y,
seguramente, habría abandonado la profesión.
Recuerdo también, con más agrado,
la coquetería de Octavio Paz, quien se negó
a que le entrevistase cuando se lo pedían mis productores
hasta que llegué yo y le dije: "Que pena, porque nunca
había visto unos ojos tan azules y me encantaría verlos
más de cerca". Se lo pensó mejor, me acompañó y
fue una entrevista deliciosa.
Fueron dos veranos sin parar, de entrevistar a todo tipo
de personajes –Pujol, Gallego y Rey, Sorensen, Alberti,
Elena Ochoa, Luis Racionero, Fernando Fernan Gómez, Rafael
Vera, Francisco Ayala, Karpov, Kasparov y muchos más–
que me obligaban a estar todo el día estudiando para poder
charlar con ellos, pero gracias a los cuales
aprendí infinitamente; no sólo a
entrevistar, sino también de la vida y de las
calidades humanas. Todo un privilegio…Como también lo fue
coincidir con un equipo de Telemadrid del que sigo
conservando amigos entrañables, como Anto, Pepe Palop y
Alejandro. |
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